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lunes, 23 de mayo de 2016

Plasticidad a la carta para salvar cerebros

Un equipo de médicos españoles prueba con éxito un sistema para operar tumores cerebrales considerados inoperables porque afectan a áreas funcionales. La técnica pionera consiste en cambiar las funciones de sitio para poder intervenir. La capacidad de reorganizar el cerebro abre un universo de posibilidades.
Cuando un paciente con un tumor cerebral llega al quirófano, el cirujano tiene una primera limitación importante: no puede extirpar tejidos que le dejen sin funciones como el habla o el movimiento. De hecho, durante la operación se despierta varias veces a la persona para comprobar que la zona en la que el cirujano toca no le va a dejar sin alguna de sus funciones esenciales. Si el tumor afecta a una de estas áreas ‘elocuentes’, la norma es quitar solo hasta donde se pueda y esperar a ver cómo evoluciona la enfermedad.
“Los neurocirujanos vemos realidades muy desagradables, pacientes que se nos mueren delante de nosotros”, explica el doctor Juan Antonio Barcia, jefe del servicio de neurocirugía del hospital Clínico San Carlos de Madrid. Fue uno de estos casos extremos el que obligó al médico y su equipo a pensar en nuevas ideas. En el año 2007 llegó a su consulta una paciente con un tumor en el área que alberga la producción del lenguaje. “Se trataba de un tumor agresivo y nos planteamos que teníamos que hacer algo”, recuerda Barcia. En la desesperación por intentar salvar a la mujer, el cirujano y su equipo tuvieron una idea: ¿y si intentaban trasladar las funciones afectadas por el tumor y trataban de operar con seguridad después? Los médicos pusieron en práctica una estrategia para mover la función del lenguaje de sitio con estimulación magnética transcraneal, pero la evolución del tumor fue tan rápida que la paciente falleció a los pocos meses. Aun así, la idea ya había germinado en su cabeza.
Casi una década después, el doctor Barcia y la neuropsicóloga Paola Rivera presentan en el Journal of Neurosurgery un trabajo en el que resumen la aplicación de una nueva técnica en cinco pacientes con tumor cerebral con la que han conseguido algo inédito: cambiaron las funciones de sitio para poder operar y retirar un porcentaje mayor de tejidos tumorales. “Estamos provocando que una zona del cerebro pierda una función, porque nos interesa, y estamos facilitando que aparezca en otra distinta. Es como un juego de manos neurobiológico”, explica Barcia. ¿Cómo lo hacen? Básicamente los médicos intervienen una primera vez al paciente para ver qué cantidad del tumor pueden extirpar e introducen una manta de electrodos a nivel subdural en las zonas donde afecta a las funciones. En las siguientes tres o cuatro semanas se pone en marcha un proceso progresivo en el que la manta produce descargas eléctricas cada vez de mayor intensidad para anular artificialmente la función (crear una “lesión virtual”) y que el cerebro comience a trasladar esa función a zonas adyacentes.
Los parches se colocan sobre la zona elocuente afectada por el tumor

“Vamos subiendo gradualmente la intensidad y se le va provocando un pequeño déficit”, explica Rivera. Si el área afectada es la del habla, el paciente se ejercita hablando, si es un área motora, se practica una y otra vez el movimiento. “Mediante rehabilitación intensiva, el paciente  ejercita continuamente esa función y al poco tiempo vuelve a tener la misma capacidad funcional”. Solo que esta vez la función la han asumido nuevas zonas del cerebro y grupos de neuronas no afectados por el tumor. Una vez hecho esto, el cirujano puede volver a operar y extirpar la zona afectada, que ya no se ocupa del habla o del movimiento. Dicho en palabras sencillas, es como si Barcia y su equipo movieran los “muebles” a otra “habitación” del cerebro para poder operar sin romper nada.
La idea se les ocurrió observando los efectos que provoca el propio tumor sobre la plasticidad en el cerebro de los pacientes. Cuando el cáncer daña la zona del habla, por ejemplo, los científicos observan cómo las áreas adyacentes van asumiendo estas funciones a medida que avanzan los daños, en un ejemplo de plasticidad cerebral que también se produce cuando la persona sufre un ictus, un traumatismo e incluso una herida de bala. Si el daño es masivo, en ocasiones algunas funciones son asumidas en las áreas análogas del otro hemisferio cerebral. A partir de estas pistas y los trabajos de otros especialistas como el francés Hugues Duffau, el doctor Barcia comprendió que podía intentar acelerar ese proceso con electrodos y mejorar las opciones de sus pacientes.

El proceso se entiende mejor cuando el cirujano nos muestra dos neuroimágenes de un paciente antes y después del proceso. En el primer escáner la función del habla se observa en el hemisferio izquierdo, donde el tumor invade el área de Broca. Una resonancia tomada después del proceso con el manto de electrodos muestra esa zona apagada: el lenguaje se activa ahora en el otro hemisferio cerebral, en el derecho. “La función del lenguaje que antes estaba representada en la zona del tumor, en el lado izquierdo, había pasado a estar representada en el lado derecho”, explica Barcia. “Con lo cual pudimos hacer una resección completa del tumor sin afectar el lenguaje. Si no hubiésemos hecho esto, posiblemente los pacientes habrían muerto o habrían tenido déficits funcionales severos durante su periodo de supervivencia”.
“Me trasladaron el habla y los movimientos de la mano hacia el otro hemisferio del cerebro”, explica Luis Enrique, un paciente de 43 años con un oligodendroglioma que afectaba a la zona motora y del habla. En su caso, la sola presencia de este tumor en el hemisferio izquierdo de su cerebro le hacía vivir atemorizado. Ahora es un caso único en el mundo. Luis Enrique vive sin una buena parte de su cerebro, pero las funciones que el área enferma asumía las puede realizar con su hemisferio sano. “He vuelto a vivir. Ha sido una segunda oportunidad”, asegura.
Rafael tiene 54 años. Hace tres años su vida cambió cuando le explicaron que tenía un tumor cerebral que afectaba a su sistema motor, lo que se traducía en una pérdida progresiva de la movilidad en las manos. Tras entrar en el programa del doctor Barcia y someterse a una segunda cirugía tras el procedimiento de la manta con electrodos, Rafael no tiene restos del tumor y puede mover su mano derecha con cierta normalidad. Aprendió a controlar los movimientos de la mano con el otro hemisferio y, una vez trasladada la función, se le pudo extirpar el tumor prácticamente por completo. “En la parte del cerebro en la que controlaba mi mano derecha, ahora mismo tengo un agujero”, asegura. “O sea, yo tengo las funciones pero por otro lado del cerebro. Soy un bicho raro”.

Rafael y Luis Enrique son solo dos de los casos tratados con este sistema hasta ahora. En el caso de una mujer de 52 años, Barcia y su equipo consiguieron cambiar de hemisferio las dos lenguas que hablaba, rumano y español, para después operarla y retirar una mayor cantidad del tumor que le afectaba. En el caso de otra mujer de 34 años, con el área de Wernicke afectada (la zona que ‘traduce’ los significados del lenguaje) también se operó con éxito. Solo uno de los cinco casos acabó con la muerte del paciente por la rápida progresión del tumor.

“En los cinco pacientes el protocolo de prerrehabilitación tuvo como resultado el desplazamiento de áreas elocuentes dentro del tumor”, escriben los autores del estudio. “Y lo que es más, en todos los casos la resonancia magnética funcional mostró la supresión de la activación en áreas elocuentes previamente activadas”. Para comprender la mejora que supone la técnica a la hora de extirpar una mayor cantidad de tejido tumoral, los investigadores dan un dato: el volumen medio de tumor que queda en los pacientes tras la primera operación es de unos 29 cm3, mientras que en la segunda operación la media está en torno a 10 cm3. No es un dato menor, teniendo en cuenta que el principal factor de supervivencia en estos gliomas es el tamaño de la resección del tumor.
Pero el logro de mayor alcance es el de haber podido cambiar las funciones de sitio. El español Álvaro Pascual-Leone, profesor de neurología en la Escuela Médica de Harvard y uno de los especialistas en neurociencia más reconocidos del mundo, que participa en el trabajo. “El resultado confirma la visión que tenemos del cerebro como algo que está cambiando constantemente y que siempre te sorprende”, explica. “Pero una cosa es la teoría y otra demostrar que es posible”. En su opinión lo más importante es que “uno esperaría encontrar disfunciones después de trasladar las funciones a nuevas áreas, pero resulta que son mayores los beneficios”. Marcos Ríos es neuropsicólogo y participó en el diseño de las pruebas para obtener las neuroimágenes. Una noche se quedó para analizar los datos y al ver que la función del lenguaje de un paciente había cambiado de hemisferio pensó que se había equivocado. “Eran las 4 de la mañana y dije: no me lo puedo creer”, recuerda. “Me parecía pura magia, hasta el punto de que pensé que podía haber analizado mal los datos y los revisé desde el principio”.

Para Juan Pablo Romero, neurólogo en la unidad de daño cerebral del hospital Beata María Ana que no ha participado en el estudio, lo más sorprendente es que el trabajo de Barcia muestra que las áreas cerebrales primarias no están predeterminadas. “Sabíamos que en el cerebro había párrafos escritos con tinta indeleble, que eran las zonas motora, sensitiva, del lenguaje… que tenían una función predeterminada. Lo que vemos con este estudio es que esas zonas de tinta indeleble se pueden modificar”. “La aplicación es interesante y sorprendente”, opina Santiago Canals, investigador del Instituto de Neurociencias de Alicante especialista en plasticidad. En su laboratorio trabajan alterando los mapas de conectividad y reorganizando los flujos de información en el cerebro de los ratones. “La idea de que podías alterar la representación funcional del córtex se ha teorizado desde los años 90 por gente como Michael Merzenich”, recuerda Canals. “Y se había hecho algo en animales, pero esta aplicación demuestra que el sistema es mucho más plástico de lo que pensamos”. Lo interesante de esta versatilidad del cerebro es que a priori se podría entrenar a las células en la corteza primaria a hacer cosas que no han hecho nunca. “Esto tiene aplicaciones como enseñar a un paciente a mover una prótesis entrenando neuronas para que la muevan que no tienen que ser neuronas de la corteza motora”.
“El hecho de que nosotros podamos modular o dirigir los cambios plásticos en el cerebro podría dar lugar a muchas aplicaciones”, apunta el doctor Barcia. En el horizonte se dibujan algunas de las más prometedoras. ¿Se podría aplicar a la rehabilitación de funciones perdidas por traumatismos o ictus, o incluso a tratar enfermedades degenerativas reorganizando el cerebro antes de que se pierda la memoria? Una de las posibilidades, apunta Pascual-Leone, es acelerar la reorganización del cerebro cuando alguien se está adaptando a una prótesis de brazo o de pierna. O mejorar el pronóstico en niños con encefalitis de Rasmussen, en las que hay que retirar un hemisferio completo. “Fomentar que las funciones no dañadas se trasladen cuanto antes permitiría una resección más rápida y amplia”, asegura. Por otro lado, ya sabemos que si combinas la estimulación con el entrenamiento se acelera el aprendizaje, “también en personas sin lesiones cerebrales”, apunta el neurocientífico. “En este caso hemos visto que es tan importante apretar el acelerador (la estimulación) como llevar el volante (la rehabilitación) y este conocimiento podría ser útil para diseñar nuevas aplicaciones”.
En cuanto a la posibilidad de mover las funciones “a la carta”, los autores se muestran prudentes porque aún hay algunas limitaciones fisiológicas. “El problema son los cables”, asegura Canals. En otras palabras, que no todas las áreas podrían recuperar todas las funciones. “Plasticidad sí, y esto demuestra que es posible”, explica, “pero de ahí a llevarnos a mover las funciones en la corteza como si fueran piezas a nuestro antojo… Para eso tenemos limitaciones físicas de conectividad”. “El mapa de posibilidades depende del mapa de carreteras”, admite Pascual-Leone. “Si existe un camino entre dos áreas, por pequeño que sea, el cerebro es capaz de convertirlo en una autopista. Pero conectar dos zonas sin vías es un milagro, y en neurociencia los milagros no existen”.

Barcia también cree que es necesario ampliar el número de casos y comprender mejor en qué condiciones y hacia dónde se dirige esa trasferencia de funciones. “Hay que resolver todavía muchísimos interrogantes, como si el cambio de la función es permanente o si vuelve otra vez a la zona previa después de cierto tiempo”, explica. Mientras tanto, y en lo que se mejora la técnica y el conocimiento, el cirujano ya ha conseguido en parte lo que le quitaba el sueño: poder retirar de los cerebros de sus pacientes la mayor cantidad de tumor posible sin afectar a sus funciones esenciales.


FUENTE: vozpopuli.com

miércoles, 16 de marzo de 2016

DISEÑAN BISTURÍ INTELIGENTE QUE LOCALIZA TUMORES CANCERÍGENOS EN EL CEREBRO

Extraer un tumor del cerebro es una tarea delicada, y si no se extirpa de forma adecuada puede traer consecuencias catastróficas, como dañar alguna función cerebral, motriz o de control de algún órgano vital. Con el objetivo de hacer esta labor más precisa, el mexicano David Oliva Uribe diseñó desde Bruselas, Bélgica, un “bisturí inteligente” que determina si un área es sana o tumorosa.

El artefacto está diseñado para usarse en la sala de operaciones, cuando ya se diagnosticó un tumor en el cerebro y la única solución es quitarlo. La herramienta tiene el tamaño de un bisturí, pero la punta es esférica y de un diámetro menor a un milímetro.

El prototipo fue probado en tumores artificiales y tejido cerebral porcino, donde se obtuvieron excelentes resultados y demostró la viabilidad de entrar a la fase de pruebas con humanos.

Cuenta con sensores integrados que al momento de pasarlo por la superficie avisa al neurocirujano mediante indicadores visuales y/o auditivos el estado del tejido, afín de no distraer. Los resultados se obtienen en menos de medio segundo, y como consecuencia se ahorra tiempo vital durante la operación.

“A pesar de que las técnicas de escaneo de imagen como la resonancia magnética y el ultrasonido localizan un tumor de manera precisa antes de la operación, durante la apertura craneal y a lo largo del procedimiento quirúrgico hay muchos factores que pueden llevar a la pérdida de esta posición, por ello la resección (remover un tumor) depende de la experiencia, sentidos de vista y tacto del cirujano”, explicó el maestro en mecánica, egresado del Tecnológico de Monterrey.

Durante la cirugía, el médico sólo tiene dos formas de reconocer los bordes de un tumor; por medio de la observación del microscopio o las herramientas de manipulación del tejido, con las cuales se pierde sensibilidad de textura del cerebro, de ahí la importancia de contar con un instrumento de precisión que tenga mayor sensibilidad que el tacto del cirujano.

Oliva Uribe, expresidente de la Red de Talentos Mexicanos en el Exterior, capítulo Bélgica, explicó que el instrumento está diseñado para localizar tumores en fase temprana, momento en que es visible a través de la resonancia magnética pero en la sala de operaciones no, debido a que su característica física es semejante a la del tejido sano, lo que dificulta diferenciarlo.

Durante seis años se ha desarrollado el diseño del dispositivo, la parte mecánica y de sensores se realizó en la Universidad de Hannover, Alemania y hospitales especializados en neurocirugía, y el procesamiento digital en la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica (VUB).
  
Tecnología para instrumentos médicos

Oliva Uribe detalló que la tecnología de los sensores puede hacerse miniatura y adaptarse para detectar tumores en otras áreas del cuerpo, como de estómago o intestino, donde es necesario introducir un aparato diminuto llamado endoscopía para evaluar el tejido y extraer el área maligna.

Además, es posible extenderlo en la aplicación de cirugías asistida por robots, porque la tecnología del sensor tiene la calidad para dar autonomía a estos aparatos de teleoperaciones.


FUENTE: Investigación y Desarrollo

Una imagen perfecta en medio de una operación

La Clínica Universidad de Navarra inaugura un complejo quirúrgico dotado de una resonancia magnética de alto campo que permite ver el resultado de una intervención de tumores cerebrales en tiempo real.

Imágenes del cuerpo humano en toda su definición, que se pueden girar para poder ver todos los ángulos de la zona determinada. Y, sobre todo, en tiempo real. Esa es la última novedad que ha presentado hoy la Clínica Universidad de Navarra (CUN), que ha invertido tres millones y un año de obras para poder contar una nueva zona quirúrgica, con tres salas, dotada de una resonancia magnética de alto campo (3 teslas) y dos equipos de hemodinámica y arteriografía robotizados de última generación Artis Zeego, capaces de realizar imágenes intravasculares o de tomografía con reconstrucción en 3D. Todo el equipamiento ha sido desarrollado por Siemens.

Esta inversión convierte a la CUN en el único centro de España con una resonancia magnética de alta resolución y la única de Europa en que esta parte está integrada en la zona de intervenciones. Una gran ventaja para los neurocirujanos, que son los principales beneficiarios de esta nueva tecnología, ya que pueden parar en un momento determinado la operación, trasladar al paciente, hacerle una resonancia y ver cuánto tumor se ha podido retirar en el mismo momento a través de las propias pantallas instaladas en el quirófano. "En la resonancia se ve mejor todo que con los propios ojos", ha señalado el doctor Ricardo Díez Valle, neurocirujano y coordinador del Área de Tumores Cerebrales de la CUN.

Una imagen que puede estar en quince minutos o media hora, según ha apuntado el neurorradiólogo José Luis Zubieta, "dependiendo de si el neurocirujano quiere ver una zona concreta o no". "Confirma en tiempo real todo, antes de terminar la cirugía", añade, lo cual repercute de forma notable en el paciente. En el caso de las intervenciones de tumores cerebrales, esta tecnología permite saber en qué momento está la lesión, ya que el cráneo solo permite estudios de imagen preoperatoria con la cavidad cerrada. "Cuando en el quirófano el neurocirujano interviene en el cráneo, la lesión se modifica y desplaza cambiando su localización respecto al estudio previo", matiza.

Esta nueva resonancia magnética ha destapado el interés de otros departamentos de la Clínica Universidad de Navarra. Así, además de tumores cerebrales, se quiere probar en otros campos de la oncología; también se pueden realizar en las nuevas instalaciones intervenciones urológicas como biopsias de próstata guiadas, terapia focal con ultrasonidos (la aplicación de un haz de ultrasonido de alta frecuencia en las próstata para producir destrucción celular de las células objetivo). También puede ser para traumatología. "Para un tobillo fracturado complejo, se puede hacer una especie de escáner ya que la máquina lo permite. O para cirugía máximo facial", ha apuntado el doctor Díez. "Estoy nos va a obligar a seguir evolucionando", ha apuntado Alberto Martínez, director de Diagnóstico por Imagen y Terapias Avanzadas de Siemens Healthcare. "La unión de la imagen y la cirugía va a ser el futuro", ha añadido.

En cuanto a los dos quirófanos híbridos, estas nuevas instalaciones de alta tecnología permite realizar un a cirugía mínimamente invadida de máxima precisión. Se trata de los sistemas de angiografia más modernos (sistemas para ver los vasos sanguíneos) con capacidad para obtener imágenes en 2D y 3D sin necesidad de mover al paciente. Uno de estos quirófanos está destinado para intervenciones de hemodinámica y otro para para radiología vascular intervencionista y de cirugía vascular. Para estas salas, que destacan por su baja dosis de radiación y pantallas de 60 pulgadas, están destinados siente especialistas y doce profesionales de enfermería.


FUENTE: El Correo

lunes, 22 de febrero de 2016

Operan de un tumor a un paciente mientras vive una realidad virtual con unas gafas 3D


Por primera vez en el mundo, un paciente ha sido operado de un tumor cerebral mientras observaba a través de unas gafas 3D una realidad virtual. El experimento ha tenido lugar en el Centro Hospitalario Universitario de Angers (Maine y Loira) y ha tenido tan buen resultado que se están contemplando otras aplicaciones del experimento.
A medida que transcurría la operación, el paciente, que había sido sedado previamente con anestesia local, debía ir comentando todo aquello que podía ver a través de sus gafas. Así, los médicos han podido comprobar que la extracción del tumor, situado entre las zonas del lenguaje y las conexiones visuales de su cerebro,  no afectaba ni a su capacidad de habla ni a su visión. El equipo que ha realizado la intervención ha asegurado al diario francés Le Parisien que ha sido un completo éxito y que en tres semanas, el paciente estará completamente curado.
Este nuevo logro de la tecnología médica podría suponer una nueva puerta para operaciones que de otra forma no serían realizables. Por ejemplo, el uso de la realidad virtual podría permitir saber si la zona del cerebro humano que rige la toma de decisiones está afectada por un tumor.


FUENTE: telecinco.es

viernes, 12 de febrero de 2016

Expertos desarrollan una herramienta capaz de diferenciar entre tejido sano y tumoral en una cirugía cerebral

Empresas e instituciones europeas, entre ellas el Grupo Álava Ingenieros, están participando en el desarrollo del proyecto 'HELICoID' que tiene como objetivo desarrollar un demostrador capaz de discriminar entre tejido sano y tumoral en tiempo real durante una intervención quirúrgica cerebral en personas.

"Se trata de una sofisticada herramienta que aporta al neurocirujano información precisa de la localización del tumor en la sala de operaciones mediante imágenes hiperespectrales. Dado que el cáncer implica un cambio en la fisiología celular, esta alteración puede ser detectada como un cambio en la firma hiperespectral del tejido", ha explicado el miembro de la División de Diseño de Sistema Integrados (DSI) del Instituto Universitario de Microelectrónica Aplicada (IUMA) de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) e impulsor de 'HELICoID', Gustavo Marrero Callicó.

En concreto, prosigue, esta herramienta permite visualizar con gran nitidez la frontera entre tumor y tejido sano -algo realmente complejo- en tiempo real. Las imágenes hiperespectrales que se captan del cerebro del paciente, además, van cambiando según se van extrayendo las células tumorales por lo que los desplazamientos en la masa encefálica ya no dificultan el trabajo.

"Esto es algo inaudito en la neurocirugía. Y todo este proceso lo realizamos de manera no invasiva ya que el HELICoID no actúa sobre el paciente. Sólo capta imágenes sin necesidad de inyectar contrastes ni aplicar radiaciones", ha apostillado el adjunto al servicio de Neurocirugía del Hospital Doctor Negrín y del Hospital Vithas Santa Catalina, en Las Palmas de Gran Canaria, Juan Francisco Piñeiro Martí.

Asimismo, Callicó ha asegurado que para la fiabilidad del sistema es clave la elección de los sensores hiperespectrales adecuados, trabajo "esencial" que ha desarrollado Grupo Álava Ingenieros y que, a su juicio, es "decisivo en el éxito del proyecto.

"Nuestra aportación consiste en la definición de los sensores idóneos en función de los problemas que irían apareciendo en el desarrollo del proyecto. Este trabajo es clave en el funcionamiento del sistema porque esos sensores aportan la precisión que un proyecto de este tipo necesita", han argumentado Yago Sánchez y Sergio García, director de Área y jefe de Producto de Grupo Álava Ingenieros, respectivamente.

YA EXISTE UN SISTEMA EXPERIMENTAL INTRAOPERATORIO

De hecho, los expertos disponen ya de un sistema experimental intraoperatorio que ofrece a los neurocirujanos mayor cantidad de información, lo que les permite confirmar la resección en tiempo real de operación, evitando indeterminaciones debidas al desplazamiento de masa cerebral y aumentando el nivel de confianza en la consecución de los objetivos quirúrgicos.

"Hasta el momento, los primeros resultados son muy positivos. Ya se han hecho las primeras pruebas en operaciones a pacientes del hospital del Hospital Universitario Doctor Negrín, en Las Palmas de Gran Canaria. En concreto, ha sido usado hasta la fecha en 22 intervenciones quirúrgicas, lo que ha permitido obtener varias capturas de distintos tipos de tumores y crear una base de datos preliminar para el desarrollo de los algoritmos de clasificación", ha enfatizado Callicó.

Superada la primera fase del proyecto con éxito, los investigadores van a acumular datos para garantizar la fiabilidad del sistema. En concreto, de cada paciente se ha obtenido una cantidad variable de tomas, de las cuales, cada una contener de 500.000 a 800.000 firmas hiperespectrales. Además, los expertos han entrenado una serie de algoritmos que permiten a día de hoy detectar con una precisión del 98 por ciento las células tumorales.

El aparato se ha trasladado recientemente al University Hospital of Southampton (Reino Unido) para ampliar el espectro de pacientes en diferentes poblaciones, lo que hará crecer considerablemente la base de datos y ajustar los algoritmos de forma más precisa para cumplir el objetivo de tener el prototipo completamente terminado para finales del año 2016.

"Empezamos trabajando con el tumor cerebral porque es el más complicado y difícil de identificar. Hay tumores más sencillos de detectar, como los de piel o colon, por ejemplo. Pero si demostramos que la imagen hiperespectral es capaz de ayudar en la detección de tumores cerebrales habremos logrado lo difícil, porque a continuación se puede aplicar en otros procesos tumorales, como el cáncer de mama, para eliminar el tejido tumoral con mayor precisión", ha zanjado Callicó.


FUENTE: La Vanguardia

lunes, 23 de noviembre de 2015

Hay luz al final del bisturí


En el año 2004, el Dr. Richard Ellenbogen pasó casi 20 horas seguidas operando el tumor cerebral de una chica de 17 años. Al final, confundiéndolos con tejido cerebral sano, dejó restos tumorales considerables sin extraer. El cáncer regresó menos de un año más tarde y la joven falleció.

La misma semana en que murió la chica, Ellenbogen presentaba su caso en la reunión semanal de su equipo en el Hospital Infantil de Seattle. Frustrado, afirmó: "Tiene que haber una forma de extraer una mayor cantidad de tumor y de respetar más cerebro sano". No conseguía sacudirse la sensación de haber podido extraer aún más tejido tumoral. Ellenbogen se enfrentaba entonces a un dilema: si retiraba más tejido y eliminaba más tumor, arriesgaba arrastrar más tejido sano consigo y dejar a la chica gravemente discapacitada. Los neurocirujanos han de ser agresivos y alcanzar a menudo distancias y profundidades más allá de su zona de confort, pero sin perder nunca de vista el precepto bajo el que operan: "La prioridad es no hacer daño".

Los primeros casos registrados de cáncer mostraron cómo, ya en el antiguo Egipto, se utilizaba la cauterización (quemando el tejido y sellando las heridas con instrumentos al rojo vivo) para destruir tumores y tratar una variedad de infecciones, enfermedades y lesiones sangrantes. Hasta mediados del siglo XVIII, la cirugía era la única opción eficaz para hacer frente a diversas condiciones. Esto era, como demuestra el caso de Madame Frances d'Arblay (una novelista inglesa residente en París) muy complicado y doloroso.

Antes de la operación, en 1811, el médico de d'Arblay optó por no ocultarle el dolor extenuante al que se enfrentaría durante su tratamiento; una mastectomía sin anestesia contra su avanzado cáncer de mama. "Debe usted saber que va a sufrir. No voy a engañarla: sufrirá; ¡sufrirá mucho!". D'Arblay lo describió más tarde: "Cuando el terrible acero se hundió en mi pecho, atravesando venas, arterias, carne y nervios, no necesité que me dieran permiso para dar rienda suelta a mi llanto: comencé un grito que duró imparable todo el tiempo de incisión... Sentí el aire como una masa de puñales, diminutos pero afilados, que iban rasgando los bordes de la herida”. Aun así, la operación fue un éxito y d'Arblay sobrevivió otros 29 años.

En 1846, la introducción del éter como anestésico acabó con el dolor. Tal fue su impacto que los siguientes cien años se conocerían como “el siglo del cirujano”. A pesar de ello, todavía hoy, en el siglo XXI, un neurocirujano cuenta con poco más que su vista y su tacto para guiarlo en la extracción de tumores.

Las diferencias entre células normales y cancerosas son a menudo tan ínfimas que parecen prácticamente indistinguibles. Según Ellenbogen, dentro de la masa blanda y gelatinosa del cerebro, las células tumorales pueden parecer "trozos de fruta en gelatina". Los tumores cerebrales suelen ser ligeramente más firmes y mostrar una textura ligeramente más correosa. Aunque, también a veces, el tumor tiene la misma textura que el tejido cerebral. Uno podría distinguirlos por el color, pero incluso entonces la diferencia puede ser mínima. Ellenbogen nos habla de un paciente cuyo tumor era apenas distinguible del resto del cerebro, salvo por una pizca de amarillo en las células tumorales.

Existen varias tecnologías de imagen que permiten a los cirujanos ver el interior del cuerpo antes de cortar, la mayoría fueron diseñadas para ayudar con el diagnóstico del cáncer. El ultrasonido, que obtiene sus imágenes haciendo rebotar ondas sonoras de alta frecuencia en las estructuras internas del cuerpo, fue estrenado en 1942 por Karl Dussik, un neurólogo de la Universidad de Viena que trataba de localizar tumores cerebrales imitando, en esencia, el método que utilizan los murciélagos para volar en la oscuridad. El 1 de octubre de 1971, la primera tomografía computarizada (TC) de rayos X ayudó a identificar un tumor del lóbulo frontal, mediante la producción de imágenes de corte transversal del cerebro del paciente. Las tomografías computarizadas son muy efectivas a la hora de representar materiales densos como la sangre o el hueso, por lo que los cirujanos se sirven de ellas cuando, por ejemplo, están preocupados por una hemorragia cerebral, un trauma que haya podido dañar el hueso, o bien tumores en los que los huesos hayan podido verse afectados.

Una técnica que se usa con frecuencia en la obtención de imágenes internas del cuerpo, especialmente de tejidos blandos como el cerebro, es la resonancia magnética (RM). Mediante una combinación de ondas de radio y un poderoso campo magnético, la RM proporciona información sobre el lugar donde se encuentra el tumor y cómo encaja éste con respecto al resto de las estructuras importantes del cuerpo. Una versión más en tiempo real, la llamada RM funcional, se ha utilizado también para tratar de bosquejar las zonas sobre las que es seguro operar, y ya que estas exploraciones pueden definir más o menos qué áreas del cerebro se verán afectadas según su función, los cirujanos pueden ofrecer a los pacientes una mejor idea de lo que cabría esperar durante el proceso recuperación.

La RM funcional se utiliza, cada vez con más frecuencia, en combinación con la RM intraoperatoria, una técnica desarrollada hace unos 20 años con la que se toman imágenes a intervalos durante la cirugía, para comprobar el progreso del procedimiento. Esto contribuye a reducir el riesgo tanto de cirugías dañinas como incompletas, asegura Conor Mallucci, un neurocirujano pediatra, asesor en el Hospital Infantil Alder Hey en Liverpool, Reino Unido, y añade: "La tasa de retorno a quirófano por errores quirúrgicos debería ser igual a cero".

Es cierto que estas técnicas han mejorado mucho las cosas, pero, aun así, todavía siguen sin ser lo suficientemente precisas, sobre todo en lo que a tumores cerebrales se refiere. Cuando se trata de cirugía oncológica todavía seguimos "en la Edad Media", asegura el oncólogo Jim Olson. "Si nos fijamos, la tasa de personas que descubren que tienen cánceres de tamaño considerable, aun después de cirugía, es alarmantemente alta -en algunos tipos de cáncer, como el cáncer cerebral, puede llegar al 50%. Y en otro tipos de cáncer, tan habituales como el cáncer de mama, se alcanza el 30%".

Olson muestra mayor entusiasmo por las imágenes por fluorescencia, una técnica que, literalmente, ilumina los tumores para que el cirujano pueda verlos. Y no estamos hablando tan solo de potencial: su eficacia ya ha sido probada para orientar a los cirujanos mediante imágenes en tiempo real.

El 5-ALA, también conocido como Gliolan, es un colorante que bajo luz ultravioleta ilumina de rojo las células tumorales del cerebro. El paciente ingiere la sustancia entre 3 y 4 horas antes de su cirugía, para dar tiempo a que se acumule en las células tumorales. Aunque está autorizado en Europa desde septiembre del 2007, aún sigue en espera en EE.UU., donde está siendo sometido a ensayos clínicos. Por el momento, la Food and Drug Administration norteamericana ha rechazado su aprobación en base a que el ensayo original no medía la supervivencia global como baremo principal de éxito.

"Creo que es importante que los cirujanos dispongan de técnicas quirúrgicas que localicen el lugar donde la enfermedad ha de ser eliminada [y], lo que aún es más importante, que les ayuden a distinguir las zonas a evitar y preservar", asegura el Dr. Colin Watts del Departamento de Neurocirugía de la Universidad de Cambridge. Watts lidera un ensayo que busca descubrir si el 5-ALA también podría actuar como dispositivo de entrega para un fármaco quimioterápico (la carmustina), que podría ser implantado en el vacío dejado tras extirpar un tumor, para eliminar las células tumorales que sobrevivan a la cirugía.

Las imágenes por fluorescencia podrían servir para que los cirujanos identifiquen el tejido a cortar, como los tumores, y el tejido a evitar, como los vasos sanguíneos y los nervios. Las imágenes también servirían para determinar si un tumor debe ser operado y, si fuera necesario, qué tipo de terapia de seguimiento - quimio o radio – haría falta. Esta información adicional facilitaría una mejor toma de decisiones, tanto para cirujanos como para pacientes, a la hora de escoger tratamiento.

El campo de la cirugía guiada por imágenes de fluorescencia ha sido testigo de una explosión de ensayos clínicos de prueba de concepto en los últimos años. Sin embargo, hay un método que podría resultar todavía mejor que el 5-ALA, y que ya ha tenido una gran repercusión tanto sobre la comunidad científica como sobre los medios de comunicación. Se trata de la pintura tumoral.

Iluminar el cáncer
Jim Olson todavía recuerda cuando se rieron de él. Corría 1989 y él defendía su tesis doctoral ante el tribunal evaluador de la Universidad de Michigan. Cuando le preguntaron por sus objetivos futuros, Olson contestó: “Me gustaría, cuando consigamos introducir radiación en los tumores y realizar una exploración con TEP, dar con el modo de iluminar el cáncer para que los cirujanos puedan verlo mientras operan”. Los profesores se mofaron: “Muy bien, Buck Rogers” soltó uno de ellos, “ahora en serio ¿qué planes tienes?”.

La tomografía por emisión de positrones (TEP) utiliza trazadores radiactivos para localizar células cancerosas. A diferencia del ultrasonido o la tomografía computarizada, detecta diferencias en el tejido basadas no en su estructura, sino en función de sus cambios metabólicos – como la absorción de azúcar. Esto puede ayudar a diferenciar los tumores vivos de los tratados, o de aquellos que agonizan. Sin embargo, los cirujanos son reticentes a utilizar esta técnica por considerarla demasiado contundente, e incapaz de obtener detalles precisos. Además, su uso tampoco es recomendable en niños pues la radiación podría afectar a sus cuerpos y cerebros en crecimiento, y contribuir a que más adelante desarrollen otros tipos de cáncer.

Lo verdaderamente revolucionario, sobre todo para los niños con cáncer, sería dar con un método preciso y libre de radiación que buscara células cancerígenas directamente. Esto fue lo que consiguió que se iluminaran los ojos de Jim Olson en el 2004, sentado al otro lado de la mesa de Richard Ellenbogen, en un encuentro en el Hospital Infantil de Seattle.

El cáncer puede aparecer a cualquier edad. Los tumores cerebrales y del sistema nervioso central son los cánceres más comunes en menores de 19 años. Solo en EE UU se diagnostican, cada año, cerca de 16.000 nuevos casos de cáncer en menores de 20 años; esto es uno de cada 285. Además, más de una cuarta parte tendrá un tumor cerebral. La eliminación completa mejora las posibilidades de supervivencia en la mayoría de los tumores cerebrales infantiles. Olson ha diagnosticado cánceres en bebés con un solo día de vida; a algunos incluso antes de nacer.

Lo más difícil de ser oncólogo, asegura Olson, es tener que decirle a un padre - por no hablar del niño - que el cáncer ha vuelto. "Una cosa es decir: 'Su hijo tiene cáncer y este es el plan, y esto es lo que cabe esperar'. Y otra cosa es empezar la conversación diciendo: ‘Su hijo tiene un cáncer recurrente, y es extraordinariamente difícil que sobreviva a esto...’ Tiene uno que prepararse simultáneamente para la muerte y para el milagro".

No hubo tal milagro para Violet O’Dell. Esta niña de 11 años tenía un tumor grande y extremadamente raro. El cáncer se había entrelazado con los nervios sanos de su tronco cerebral, la parte más baja del cerebro, que conecta éste con la médula espinal, y tiene su función en tareas tan básicas como la respiración, el ritmo cardíaco y la presión arterial, o en actos reflejos como el tragar. Era imposible extirpar el cáncer sin matarla.

“El día del diagnóstico fue aterrador”, nos cuenta Jess, la madre de Violet, “pero al mismo tiempo también se dio una especie de alivio: nos hizo sentir algo así como un ‘vale, ya sabemos qué está pasando’”. Violet había empezado por quedarse dormida en clase; el primero de toda una serie de extraños cambios en su conducta. “Llevábamos meses lidiando con un comportamiento extraño, una actitud beligerante, llena de torpezas y dificultades del habla... Yo no dejaba de decirle a la gente que no sabía por dónde andaba. Quienquiera que fuera, aquella no era mi Violet”. Después de seis meses de indagaciones, dimos con el tumor gracias a una resonancia magnética. Fue Olson, en el Hospital Infantil de Seattle, quien hizo el diagnóstico.

Olson recuerda la conversación que mantuvo con Violet cuando vino a visitar su laboratorio. Unos días antes, había visto un corazón en el carnet de conducir de su madre, símbolo del donante de órganos. Violet le preguntó si podría también donar sus órganos, pero Jess no supo qué contestar, por el cáncer.

Violet, que tenía entonces d0 años, comprendía que su tipo de cáncer era inoperable; sabía que iba a morir. Después de reunirse con el equipo de Olson, quienes le hablaron de su trabajo, quiso saber qué se estaba haciendo para estudiar la tipología de su tumor; una pregunta que pondría en un aprieto a cualquier médico. Olson le explicó que era muy difícil, porque los investigadores no disponían de materiales –tumores- con los que trabajar. La niña respondió: “Cuando muera quiero que me hagas una autopsia, que cojas mi tumor y lo introduzcas en ratones, para que puedas estudiar mi cáncer y puedas ayudar así a otros niños que lo padezcan en el futuro”.

Violet murió en casa de sus abuelos un año más tarde, rodeada por su familia y sus mascotas: un cachorro, dos labradores y un gato. Un par de semanas tras su muerte, Olson honraría su memoria llamando Violet a un nuevo proyecto. Su intención era revolucionar la cirugía oncológica con un medicamento de origen inusual.

Células pegamento
El cáncer nunca habría despertado el interés del Profesor Harald Sontheimer, de la Universidad de Alabama. Si no fuera porque proviene de sus células favoritas, las células gliales -un tipo de célula del sistema nervioso a partir del cual se desarrollan la mayoría de tumores cerebrales– lo más probable es que no se dedicara a su estudio.

En principio se pensaba que las células gliales servían, sencillamente, para mantenerlo todo unido (el término 'glia' se deriva de la palabra griega para "pegamento"), pero hace unos 30 años que los científicos descubrieron que hacen mucho más que eso. Además de rodear a las neuronas y mantenerlas en su sitio, las células gliales poseen otras tres funciones principales: administrar nutrientes y oxígeno a las neuronas, mantenerlas aisladas unas de otras, y deshacerse tanto de los agentes patógenos como de las neuronas muertas. También contribuyen a mantener la barrera hematoencefálica, que filtra las sustancias antes de que alcancen el cerebro, además de desempeñar un papel en la regulación, reparación y regeneración del tejido tras una lesión.

Existen cerca de 130 tipos diferentes de tumor cerebral; el más común, conocido como glioma, se desarrolla a partir de las células gliales. En 1995, Sontheimer y su equipo se interesaron por los tumores derivados de las células gliales. Habían descubierto que los canales de cloruro - mecanismo clave de las células - estaban de alguna manera involucrados en los tumores invasores del tejido cerebral. Experimentaban con sustancias que pudieran bloquear estos canales de cloruro, y de entre ellas, la más eficaz, con mucho, era la clorotoxina, una sustancia aislada a partir del veneno del escorpión “Deathstalker”.

El Deathstalker es uno de los escorpiones más mortíferos del mundo. Puede encontrarse en regiones áridas y desérticas del norte de África y Oriente Medio, El escorpión palestino amarillo (o escorpión del desierto israelí, como también es conocido) mide tan solo entre 8 y 10 centímetros de largo, pero es capaz de matar criaturas de mil veces su tamaño. En humanos, la picadura del escorpión puede provocar un dolor insoportable, convulsiones, parálisis y, en según qué casos, incluso la muerte (por insuficiencia respiratoria o cardíaca). En la mayoría de casos, los afectados sufrirán un dolor extremo en la zona de la picadura, acompañado de somnolencia, fatiga, y fuerte dolor de cabeza y articulaciones. Algunas veces, los síntomas podrían persistir meses, debido al potente veneno del escorpión, una mezcla de neurotoxinas – los venenos que actúan sobre el sistema nervioso – entre las que encontramos la conocida como clorotoxina.

Sontheimer y su equipo tomaron una muestra del tejido tumoral cerebral de un paciente y lo introdujeron en el cerebro de un ratón, para posteriormente inyectarle clorotoxina sintética creada en el laboratorio. Lo que descubrieron entonces fue tan sorprendente como inesperado. La clorotoxina sintética se acumulaba en los tumores y solo en ellos, dejando las células normales y sanas intactas. También mostró una notable capacidad para alcanzar el cerebro, superando la barrera hematoencefálica. Como el mismo Sontheimer explicó más tarde en un artículo: "Los tumores consiguen abrir la barrera hematoencefálica justo en los vasos sanguíneos por donde se desplazan. Lo que hacen, en esencia, es envolver los vasos sanguíneos, consiguiendo degradar la barrera de tal forma que, justo en esos puntos, se da una penetración activa de esta molécula en el cerebro".

En el 2004, Richard Ellenbogen envió a uno de sus residentes de neurocirugía, Patrick Gabikian, al laboratorio de Olson en el Centro de Investigación del Cáncer Fred Hutchinson, para llevar a cabo un año de investigaciones. Una vez allí, Gabikian buscaría compuestos que sirvieran para que Ellenbogen y Olson pudiesen iluminar las células cancerosas. Fue entonces cuando Gabikian dio con el compuesto que Olson consideró una opción viable para experimentación: la clorotoxina.

En el 2007, Olson, Ellenbogen, Gabikian y su equipo, redactaron un artículo detallando cómo conseguir aislar la clorotoxina a partir del veneno del Deathstalker y adherirle la molécula fluorescente que produce una sustancia que ilumina las células tumorales. Al igual que el de Sontheimer, el laboratorio de Olson utiliza una versión sintética de la proteína clorotoxina, pero la molécula fluorescente añadida actúa como una linterna, y solo se activa cuando se adhiere a su objetivo.

Se piensa que ese objetivo es un complejo que contiene la proteína anexina A2. En células normales no-cancerosas se encuentra dentro de la célula, pero por razones aún desconocidas, en las células de tejido canceroso parece desplazarse a la superficie exterior. Una vez adherida la clorotoxina, el complejo regresa al interior de la célula, arrastrando la molécula luminosa consigo. Y cuando esto sucede, los cirujanos pueden dirigir un láser a la zona, que emite entonces una luz fácilmente detectable por toda una variedad de dispositivos.

Al conseguir que incluso los grupos más pequeños de células cancerosas sean visibles en tiempo real durante la cirugía, esta "pintura tumoral'- su nombre oficial es BLZ-100 - puede ayudar a concretar tanto la ubicación exacta, como el tamaño del tumor principal y el de sus satélites (áreas tumorales más pequeñas emplazadas a su alrededor). Para Olson, este era un concepto digno de Proyecto Violet. Una vez encontrada la tecnología, era hora de buscar financiación.

Financiación privada
Que una subvención del Gobierno se haga efectiva puede llevar años, y eso en el hipotético caso de conseguirla. Hace tiempo que Olson decidió que la solicitud de subvenciones no hacía más que entorpecer su trabajo. Hoy en día, su principal apoyo financiero siguen siendo las familias, particulares y fundaciones que muestran interés por su trabajo tras conocer sus investigaciones. Nos habla del padre que una vez llevó a su hija a la clínica, por una vacuna contra la gripe, y al enterarse del trabajo de Olson puso un cheque de 100.000 dólares sobre la mesa.

“Verte obligado a decirle que ‘no’ a Jim es como darte un sopapo a ti mismo”, asegura Nicole Pratapas, asesora en obsequios filantrópicos en el Centro de Investigación del Cáncer Fred Hutchinson. Ambos se reúnen cada martes por la mañana en la oficina de él. “Los sentimientos que muestra hacia sus pacientes y el modo en que nosotros hacemos las cosas – el modo tan eficiente en que conseguimos recaudar fondos al tiempo que él los invierte- significa mucho para nosotros”. Sólo en los últimos dos años, Olson ha recaudado 6 millones de dólares mediante financiación privada.

Esa cantidad, sin embargo, está destinada a gastos de personal y a la multitud de estudios que tiene en marcha. Cuando la pintura tumoral comenzó a parecer viable, él supo que tenía una idea ganadora entre manos, pero carecía de fondos en reserva para iniciar su desarrollo. Lo que sí tenía era un cortometraje.

Bringing Light es un documental de tres minutos realizado por Bert Klasey, Chris Baron y James Allen Smith. La película quedó entre las 20 finalistas del festival de realizadores Focus Forward del 2013, y se llevó el Premio del Público. Cuando Klasey, el productor, andaba buscando ideas, su mujer recordó una presentación que no había conseguido quitarse de la cabeza desde que la vio, hacía ocho años, en un congreso. No era otra cosa que Olson hablando de lo que acabaría siendo la pintura tumoral.

La película representaba una oportunidad para Olson. Gracias a ella podría aprovechar dos de las mejores bazas disponibles para el empresario moderno: la buena voluntad y el crowdfunding. Cosas del destino, a tan solo unas manzanas de distancia estaban las oficinas del comercio online más grande del mundo: Amazon. Así que les hizo llegar el enlace de Bringing Light junto a una invitación, para todo el equipo, a visitar su laboratorio, compartir cerveza y pizza con los científicos y profundizar más en el tema. Olson esperaba que acudieran unas 20 personas, pero de hecho se presentaron más de 70 (tan optimista como siempre, Olson había previsto provisiones para 80, “por si acaso”). En pocas semanas, 25 de ellos habían formado un equipo voluntario de proyecto mediante el que dedicarían todas las noches del lunes, durante un año, al diseño de la web del Proyecto Violet, y a difundir la buena nueva en Facebook y en Twitter.

El Proyecto Violet es una iniciativa científica ciudadana, puesta en marcha gracias a una campaña de recaudación online, basada a su vez en torno a un programa de adopción de medicamentos – por cada donación de 100$, cualquiera podía “adoptar” un objetivo farmacológico potencial, y su dinero iría dirigido a la investigación de este (esto ha cambiado desde entonces, pues según Olson, la gente encontraba desalentadora la adopción de una única droga, siempre agobiados por el peso de tener que escoger ‘la mejor’). En menos de tres años, Olson y su equipo han recaudado 5 millones de dólares a través de la web del Proyecto Violet y sus eventos asociados, en combinación con donaciones particulares. Cameron W. Brennan, neurocirujano del Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York, lo explica sin tapujos. Llega incluso a aplaudir la cobertura mediática: “Olson tiene que centrar sus esfuerzos de recaudación e investigación en todo aquello que afecta a la práctica”, y tal y como ha demostrado otras veces, se le da muy bien hacerlo.

Ha tardado casi 25 años, pero Olson va camino de hacer realidad su visión y la de Ellenbogen. Durante los ensayos preclínicos con ratones y perros, entre el 2005 y el 2011, la pintura tumoral resultó ser 5000 veces más 'sensible' que la RM; capaz de hacer destacar cantidades extremadamente pequeñas de células cancerosas – grupos de tan sólo 200 células, en contraste con el mínimo de medio millón que tiene la RM.

A diferencia del 5-ALA, la pintura tumoral puede utilizarse en tiempo real durante una operación y, como señala Olson, también traspasa la barrera hematoencefálica, se adhiere exclusivamente a las células cancerosas y se internaliza. El 5-ALA, por el contrario, no se une a las células cancerosas y sólo puede utilizarse con tumores cerebrales de grado alto (tumores altamente malignos y propensos a invadir el tejido cerebral cercano). La pintura tumoral podría también usarse contra los tumores de grado bajo - importante, según Olson: "pues los gliomas de grado bajo que no se eliminan por completo acostumbran a devenir glioblastomas de grado alto durante la década siguiente".

El 25 de mayo del 2015 comenzó el primer ensayo clínico de pintura tumoral en el Hospital Infantil de Seattle, cuyo centro pediátrico de tumores cerebrales es el más grande del noroeste americano. El ensayo está a cargo de Blaze Bioscience Inc., y en esta primera fase toman parte 27 personas diagnosticadas con un tumor cerebral (desde niños a jóvenes menores de 30 años) y en cuyas operaciones se utilizará el medicamento.

"Creo que hay mucha gente tratando de descubrir la diferencia entre cáncer cerebral y tejido sano, pero no saben qué hacer con la información una vez la consiguen", asegura Olson. "Publican un artículo y pasan página". Él espera que el caso de la pintura tumoral sea diferente.

De serlo, el Proyecto Violet comenzaría a hacer honor a su nombre. “Todos los edificios y universidades que nos rodean llevan el nombre de algún rico que fue generoso con su dinero", sentencia Olson. "Yo he querido que lo que llevase el nombre de esta niña, fuera algo realmente bonito para el mundo”.


FUENTE: El País